He dudado bastante a la hora de poner la fecha que tenemos que celebrar. Es obvio que no es el 2010. Si se toman la molestia de clicar en la entrada del año pasado ¡Feliz Año 1856! entenderán el por qué.
Pero es que, rayos, no se me ocurre otro momento de la Historia en que la barbarie, el egoísmo, la sinrazón, la amoralidad, el a corto plazo sobre el largo, la desidia extrema por el confort ajeno, la incomunicación, el arribismo, la traición y la incultura hayan sentado sus reales nalgas en el trono de la conducta humana como lo hace a día de hoy. Y sí, claro que esa ha sido la norma histórica. Pero jamás jugando como ocurre ahora con la doble moral de que el código ético social pregona todo lo contrario.
Estamos regresando a las cavernas. Ni Roma, ni la Jungla. Las Cavernas. Donde podías matar por un pedacito de carne.
No es que yo quiera aguarles la fiesta, mis queridos paganos. Nada más lejos de la realidad. Pero cerrar un año aparte de ser, por el mero hecho de lograrlo, motivo de fiesta también lo ha de ser de examen y reflexión.
Y la reflexión parece indicar que hay que talar unos robles y empezar a hacerse unos buenos garrotes. De esos que causan muerte y destrucción. Sólo por si acaso, claro.
En fin, estimados niños, beban con moderación, rían hasta hartarse y copulen si es que en Noche Vieja alguien lo hace (que me temo que no).
Que ustedes lo pasen bien. O regular (que ya es mucho).
El Conde de Montacristos

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