
Acabo de regresar de uno de esos viajes que muy de tarde en tarde y a regañadientes las circunstancias me obligan a realizar. Cierto es que si uno viaja bien por placer bien por negocios lo mío ha tenido una, a priori insospechada, mezcla de ambos insanamente desproporcionada a favor del primero de los conceptos. Eso siempre ayuda a que alejarme de mis dominios resulte menos perturbador.
Viene esto a cuento de que a resueltas del vuelo en masa desde las ventanas de sus despachos hasta el duro suelo de Wall Street de un sinnúmero de antaño felices brookers y hoy horrendos cadáveres unidimensionales no había un alma en los museos. De tal modo que, entre otros, me acerqué al MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York). Y allí, señoras, camaradas, liliputienses, sibaritas todos, volví a ratificar una conclusión inamovible desde hace tres décadas: que el hombre ya ha justificado su existencia y debería extinguirse de una vez a la voz de ya.
Tal fue mi arrobo ante tanta y tan excelsa obra que en un descuido de los guardias (y en un rapto cleptómano de proporciones desconocidas todavía en mí) me trinqué todo el MOMA y me lo traje a palacio. Como lo oyen, les dejé con lo puesto. Las lamparas y los teléfonos, vamos.
Hoy inicio una serie de entradas con el objetivo de compartir con ustedes todo ese material; patrimonio de la humanidad y no de un museo se pongan como se pongan. Empezaremos por el apartado de libros ilustrados porque hay que empezar por algo no porque sea más o sea menos. Quede eso claro.
Hay muchos trabajos de rusos que sinceramente ni había oído nombrar pero también encontraran ustedes preciosas y muy raras piezas de Chagall, Ernst, Braque, Matisse o Kiki Smith.
Quedan en la recamara los apartados de Pintura, Dibujo, Impresión y Fotografía.
No sé el tiempo que me dará la Interpol pero espero poder postearlo todo antes de caer en sus garras (si no es por esto será por lo de la emisión de Bonos del Tesoro de Kurdilinchestein). Vayan sacando brillo a sus discos duros.
El Conde de Montacristos
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